Papá dijo: podrías ser marinero

Aníbal Santiago · 26 abril, 2017

¿Qué pasaría si a tu hijo le sugieres que no estudie una carrera universitaria?

papa con su hijo marinero

Austero, sí, pero el viejo vochito era un atleta de alto rendimiento. Aunque nacido en días lejanos, antes del terremoto del 19 de septiembre y de la crisis de 1982 que dio al pueblo una patada mortífera con una devaluación sideral, su motor y su carrocería no tenían límites: había surcado insospechados caminos mexicanos. Era un leal viejo todo terreno.

Por eso, papá le propuso a su hijo adolescente abandonar nuestros confines–la convergencia de Copilco, Avenida Universidad  e Insurgentes- y explorar en vacaciones una nueva región del país. “Invita a Pablito”, me dijo, y mi mejor amigo de la Secundaria aceptó.

Pablo y yo, valerosos waterpolistas de los Pumas de la UNAM,  y papá, nadador en su niñez de las agitadas aguas patagónicas del Río Colorado, como en un grito de mosqueteros acuáticos coincidimos: ¡vayamos al mar!

Nada de Acapulco con sus masas chilangas como hormiguitas tóxicas; ni Cancún, que ya era una suntuosa colonia gringa; ni las playas oaxaqueñas cuyos caminos eran en los ‘80 una calamidad de fango y piedras. ¿Entonces? Veracruz, fue el acuerdo. Conquistaríamos las playas de ese estado tropical olvidadas por los habitantes de la Ciudad de México.

Entró la llave, sonó el distribuidor, giró la banda del generador y emprendimos la ruta. Cruzamos la fresca Puebla hasta sumergirnos en los primeros vapores del Golfo.

Con los mapas en nuestras manos, el VW Sedán empezó a recorrer las playas ansiadas. Una y otra y otra, donde el paisaje era uno sólo: arena negra cubierta de botes de Clarasol, cubetas, encendedores, redes, caguamas, bolsas, boyas, harapos. Especies cadavéricas de entre las que el pez pañal era el rey y que descubríamos desolados, decepcionados, arruinados.

Toda nuestra ansia exploradora, esa mezcla briosa de Jacques Cousteau e Indiana Jones que nos había impulsado, desfallecía cuando tristes armábamos la casa de campaña intentando escapar de las montañas de desperdicios.

En alguno de esos amaneceres, resignadosPablo y yo abandonamos nuestras bolsas de dormir y salimos a conversar al borde de una playa contaminada. Porque cuando el entorno ensordece sólo queda la imaginación y el diálogo, hablábamos y hablábamos, y esa mañana lo hicimos sobre lo que seríamos de grandes. Es decir, en cuatro o cinco años en que saldríamos de la Secundaria, el momento en que deberíamos, obligatoriamente, elegir una carrera de cuatro años, para terminarla y hacer una maestría de dos años, para concluirla y hacer un doctorado de dos años, para concluirlo y hacer un postdoctorado de otros dos años.

Hermosa vida, como programada por un grupo de omnipotentes burócratas en una oficina en penumbras y entre miles de folios, para que nosotros, los jóvenes mexicanos, cumpliéramos sin falta el deber ser. Esa mañana yo debí decirle a mi amigo que quería ser sociólogo o geólogo. Pablo, creo, psicólogo o historiador.

Papá, que desde la casa de campaña había oído en silencio nuestra charla, salió y se sentó a nuestro lado. Siguió atento nuestros sensatos, circunspectos y decorosos planes de vida, tan estructurados ya a nuestros 13 años. De pronto, abandonó el mate argentino que sorbía con sabia calma, y nos interrumpió.

-¿Y si no estudian?

-¿Cómo?

-Sí, ¿qué pasaría si no estudian? Podrían elegir una vida diferente y no estudiar. O estudiar de otros modos.

-¿De otros modos?

-Sí, viajando, se me ocurre. Podrían explorar el mundo, conocer por años muchos lugares y personajes fantásticos, encontrar oficios que les permitan vivir en lugares increíbles sin estar anclados a un sitio. Ser marineros, por ejemplo. ¿No sería más emocionante?

No recuerdo qué le dijimos. O atónitos, quizá no le contestamos nada a ese adulto, mi propio padre, que nos sugería aventurarnos en la vida a lo inaudito, olvidarnos de las reglas que la humanidad asumía como forzosas, como una predestinación que los dioses mandaban y acaso ser marineros en océanos sin botes de Clarasol.

Yo no le hice caso a mi padre: mi primer escala fue la licenciatura.

Con Pablito fue distinto. Años después se volvió el payaso del circo internacional Eloize.

Con su nariz roja, entre malabaristas, magos y acróbatas, comenzó su largo viaje por el mundo.

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